ANGELA GIRASOL

No se vestía, Angela Girasol incorporaba el atardecer a su cuerpo.
Cuando el sol era sandía sonriente, ella zapatillas granate, payasito de muselina rojísima y aretes de rubí resplandeciente. Si las nubes acunaban el sol, ella calzaba espuma marina y vestía organdí celeste. Si llovía, minué de perlas.

Esa tarde, el ocaso era un arcoiris, Angela Girasol emergió del tráiler que la cobijaba noche tras noche como capullo a su oruga. Entró al circo cargada del sueño giracielos...

Angela Girasol vuela entre el cielo circense, su anhelo es ganar a pulso las alas que su nombre anuncia.

Entre las mil piruetas trenzadas en los trapecios, el sudor diluye el talco en sus manos.

El chirrido de cigarras que desprendían los columpios, le confirmaba lo que ella sabía por las ráfagas del viento en su cuerpo: El espacio era un acordeón. Rodaba airosa. La respiración contenida, las piernas que se vuelven flechas. Su cuerpo todo: un péndulo. Se expandía. Se contraía. Se pulsaba. Entre vuelta y vuelta, un parpadeo.

Arcoiris convertido en trompo. Bólido multicolor con alas de fuego en el aire. Angela Girasol giraba como sol, colibrí en celo. No gritó, cantaban por ella los pájaros. Algunos vieron el ala rota de su zapatilla que colgaba del columpio cenital.